Y LOS DESAFÍOS PARA SU RECONSTRUCCIÓN
Alberto Amanzo – Sociólogo
Documento de trabajo
Índice
1. El movimiento vecinal de los años 80: organización, reivindicación y fuerza social
2. Un movimiento que venía de décadas de acumulación
3. La ruptura silenciada: el impacto de la lucha armada interna (1980-2000)
4. Los cambios de los años 90: ajuste estructural, despidos masivos y transformación institucional
5. La otra cara de la liberalización: mercantilización del suelo y crecimiento del tráfico de tierras
6. De la movilización colectiva a la fragmentación
7. El impacto del neoliberalismo sobre el tejido organizativo
8. El problema de la renovación dirigencial
9. De la fragmentación a la pérdida de horizonte
10. Pero el movimiento vecinal no ha muerto
11. ¿Qué hacer para reconstruir el movimiento vecinal?
12. Una nueva etapa: del movimiento reivindicativo al movimiento ciudadano por el derecho a la ciudad
Fuentes citadas
1. El movimiento vecinal de los años 80: organización, reivindicación y fuerza social
Durante las décadas de 1970 y 1980, el movimiento vecinal constituyó uno de los principales actores sociales de las ciudades populares del Perú. En Lima, particularmente, las organizaciones vecinales de los pueblos jóvenes, asentamientos humanos, barrios y urbanizaciones populares alcanzaron una importante capacidad de movilización, representación y presión frente al Estado y los gobiernos municipales.
Su fuerza no provenía solamente del número de pobladores, sino de su capacidad de organización alrededor de reivindicaciones colectivas y de alcance general. Entre sus principales demandas se encontraban el reconocimiento y formalización de la propiedad, el acceso al agua potable y alcantarillado, la electrificación, la apertura y mejoramiento de vías, la construcción de escuelas, puestos de salud y locales comunales, el transporte público, la creación de espacios públicos, la seguridad frente a desalojos y el reconocimiento de los asentamientos por parte del Estado y las municipalidades.
La lucha por el título de propiedad tenía entonces una importancia estratégica: la seguridad jurídica sobre el terreno era percibida como condición fundamental para consolidar el barrio y avanzar hacia servicios, infraestructura y equipamiento. Pero reducir el movimiento vecinal de esa época a la lucha por la propiedad sería insuficiente. Su principal característica era que las reivindicaciones particulares de cada barrio podían convertirse en demandas colectivas de toda la población popular: el agua de un asentamiento podía convertirse en una lucha por el agua para todos los pueblos jóvenes; la titulación de un barrio, en una demanda nacional. Existía una combinación de organización territorial, reivindicación social, identidad colectiva y acción política.
Sustento: Este capital organizativo territorial es documentado en detalle por Gustavo Riofrío y Julio Calderón Cockburn desde sus trabajos con CENCA/DESCO en los años 80, y en el estudio de caso de Degregori, Blondet y Lynch, Conquistadores de un nuevo mundo: de invasores a ciudadanos en San Martín de Porres (IEP, 1986), que reconstruye precisamente ese tránsito de «invasores» a «ciudadanos organizados» mediante la lucha colectiva por servicios. Calderón Cockburn, en La ciudad ilegal: Lima en el siglo XX (UNMSM, 2005) y en «Los barrios marginales de Lima, 1961-2001» (Ciudad y Territorio, 2003), confirma que la organización vecinal —tanto territorial como funcional— constituía un capital social que ningún proyecto de desarrollo de la época podía pasar por alto.
2. Un movimiento que venía de décadas de acumulación
El movimiento vecinal de los años 80 no surgió espontáneamente. Sus dirigentes y organizaciones eran resultado de varias décadas de experiencias de lucha, organización comunitaria y construcción territorial. Desde mediados del siglo XX, las migraciones hacia Lima y el crecimiento de las barriadas dieron origen a nuevas formas de organización popular: los pobladores tuvieron que organizarse para ocupar y defender terrenos, construir viviendas, gestionar servicios y negociar con el Estado. En ese proceso se formaron dirigentes con experiencia en organización comunitaria, negociación con autoridades, movilización, elaboración de pliegos de demandas, articulación entre barrios, administración de organizaciones y resolución de conflictos.
Por ello, el movimiento vecinal de los 80 contaba con un capital organizativo, político y cultural acumulado durante décadas. No era solamente una suma de juntas vecinales: existía conciencia de que los problemas del barrio formaban parte de problemas estructurales de la ciudad y de la sociedad.
Sustento: El origen remoto de este proceso se encuentra en la política estatal de «unidades vecinales» de los años 40-60 (gobierno de Belaúnde, Corporación Nacional de Vivienda), que resultó insuficiente frente a la migración masiva y dio lugar a las primeras invasiones organizadas (Leticia en el cerro San Cristóbal, cerro San Cosme). El plan de 35,000 viviendas nunca se completó, y ese déficit habitacional se convirtió en la crisis estructural que explica el surgimiento de la organización vecinal autogestionaria de las décadas siguientes (fuente: estudios de historia urbana de Lima, Dialnet/UNIRIOJA; Kahatt, 2019, sobre las unidades vecinales).
3. La ruptura silenciada: el impacto de la lucha armada interna (1980-2000)
Antes de llegar a la transformación neoliberal de los 90, es necesario detenerse en una ruptura que suele quedar en segundo plano en los relatos sobre el movimiento vecinal, pero que fue decisiva: el conflicto armado interno golpeó directamente al tejido organizativo barrial, no solo al campesino.
Sendero Luminoso no se limitó a ejercer violencia genérica sobre las organizaciones vecinales: buscó infiltrarlas y cooptarlas para destruir el proyecto de autogestión popular —de raíz izquierdista— que representaban, y cuando no logró controlarlas, asesinó a sus dirigentes. El caso paradigmático documentado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) es el de Villa El Salvador, donde el PCP-SL intentó copar la CUAVES, la APEMIVES y la FEPOMUVES, y llegó a atentar contra dirigentes vecinales, autoridades locales y el propio ex alcalde Michel Azcueta. El Estado, a su vez, respondió con estrategias de control territorial (comités de autodefensa, presencia militar) que también transformaron —y en muchos casos militarizaron— la vida organizativa de los barrios.
El resultado documentado por la CVR es contundente: el debilitamiento y la desarticulación de las dirigencias vecinales, el miedo como factor disuasivo de la participación, y una «ausencia de liderazgo» y «ausencia de participación» que, según testimonios recogidos hacia 2002, se mantenía años después de terminado el conflicto. A esto se suma el desplazamiento forzado hacia Lima de decenas de miles de familias —en 1993, el 38.8% de la población limeña era migrante—, lo que alteró la composición social de los barrios receptores y generó, además, nuevas organizaciones (de desplazados) con una relación distinta, más precaria, con el Estado y con el propio movimiento vecinal preexistente.
Esta ruptura es crucial para el diagnóstico porque antecede y se combina con la transformación neoliberal descrita en la siguiente sección: el movimiento vecinal llega a los años 90 ya debilitado por una década de violencia política, lo que probablemente explica por qué no logró oponer resistencia organizada al desmontaje institucional que vino después.
Sustento: CVR, Informe Final, Tomo V, «2.16 La batalla por las barriadas de Lima: el caso de Villa El Salvador»; Tomo VIII, «Explicando el conflicto armado interno»; IDEHPUCP, «Las organizaciones sociales durante el proceso de violencia» (documenta el patrón de asesinato selectivo de dirigentes barriales, sindicales, magisteriales y de organizaciones de mujeres); Anthropologica (PUCP, 2018), sobre organizaciones de desplazados en Lima; Revista Memorias (Ministerio de Cultura), «Organización popular en medio de la crisis», que cruza explícitamente conflicto armado y crisis económica de los 80 en la dinámica de comedores populares y organizaciones vecinales; Degregori, Tiempos de ira y amor: nuevos actores para viejos problemas (DESCO, 1990).
4. Los cambios de los años 90: ajuste estructural, despidos masivos y transformación institucional
Durante la década de 1990 se produjo una profunda transformación del modelo económico, político e institucional del país, marcada por las políticas neoliberales, la reducción de funciones del Estado, la privatización de empresas públicas, la expansión de mecanismos de mercado y una creciente individualización de las relaciones sociales.
Conviene precisar cuán drástico fue este quiebre. El «Fujishock» de agosto de 1990 y el posterior Programa de Ajuste Estructural (PAE) de 1991 no fueron solo un ajuste de precios: el propio diseño del paquete —según describe Héctor Béjar— incluyó la reducción de la protección arancelaria, la anulación de subsidios a la exportación, la reprivatización de 174 empresas públicas, el cierre de los bancos de fomento, el despido masivo de empleados estatales y, de forma explícita, la reinstauración del mercado de tierras. Es decir: el ajuste económico, los despidos masivos y la liberalización del suelo urbano no fueron procesos paralelos sino componentes del mismo paquete de política.
El costo social fue severo: el consumo de los hogares en Lima cayó 25% y más de un millón de trabajadores perdieron su empleo; el desempleo y subempleo pasó de 81.4% en 1990 a 87.3% en 1993, y el sector informal creció de 45.7% a 57% entre 1990 y 1992. En ese mismo periodo, según la lectura de Ricardo Pajuelo, las protestas y movilizaciones sociales prácticamente desaparecieron de la escena peruana —un dato que confirma, desde la economía política, lo que este diagnóstico plantea desde la sociología de las organizaciones: el vacío de acción colectiva coincide exactamente con el momento de mayor impacto social del ajuste.
En materia urbana, el cambio institucional fue igual de significativo. En 1996, el Decreto Legislativo 803 creó COFOPRI (Comisión de Formalización de la Propiedad Informal), que centralizó la titulación fuera de las municipalidades, bajo la hipótesis —de raíz «desotiana»— de que el título generaría por sí mismo acceso a crédito formal y mejora de las condiciones de vida. Entre 1996 y 2000 se entregó más de un millón de títulos a nivel nacional (645,165 solo en Lima). Sin embargo, la evidencia posterior mostró que la entrega del título no implicaba la provisión de servicios básicos —agua, luz, pistas, veredas— ni condiciones adecuadas de habitabilidad; se llegaron a titular incluso zonas de riesgo no mitigable, como en Chosica. En la práctica, el proceso de urbanización se invirtió: en vez de planificación → ocupación → servicios, pasó a ser ocupación → titulación individual y administrativa → autoconstrucción progresiva de servicios, cada familia por su cuenta.
Esto tuvo una consecuencia política central para el movimiento vecinal: cuando el acceso a la propiedad y, progresivamente, a ciertos servicios dejó de depender de una lucha colectiva y pasó a canalizarse mediante trámites administrativos individuales (COFOPRI, programas sectoriales, gestiones municipales puntuales), se debilitó el principal mecanismo que permitía articular a los pobladores en torno a una agenda común. La demanda colectiva empezó a transformarse en una suma de gestiones individuales o barriales.
Sustento: IEP, «El shock económico» (con la cita de Héctor Béjar sobre el contenido integral del paquete de 1990); Federico Dejo Soto, El shock agosto ’90: cuando los ajustes económicos causan más desajustes sociales (síntesis de la investigación METRIC sobre el impacto social del shock en Lima Metropolitana); Ricardo Pajuelo, «Perú: crisis política permanente y nuevas protestas sociales» (OSAL/CLACSO); GRADE, Reformas estructurales y bienestar: una mirada al Perú de los noventa; Lincoln Institute of Land Policy, estudios sobre la política de registro predial de COFOPRI y su relación (débil) con el acceso a crédito y mejora de condiciones de vida, con base en ENAHO 1998-1999; Manuel Lozada, «Incentivando la informalidad» (El Comercio), sobre la desconexión entre titulación y servicios, incluido el caso de Chosica.
5. La otra cara de la liberalización: mercantilización del suelo y crecimiento del tráfico de tierras
La «reinstauración del mercado de tierras» mencionada en el paquete de 1990 no fue un dato menor ni transitorio: marcó un cambio estructural de largo plazo en la forma de acceso popular al suelo en Lima, que resulta clave para entender la fragmentación actual del movimiento vecinal.
Durante buena parte del siglo XX, el patrón dominante de acceso al suelo fue la invasión organizada de tierras públicas, seguida —con distintos grados de éxito— de la titulación estatal. A partir de los años 90, y con mayor fuerza en el siglo XXI, ese patrón fue parcialmente reemplazado por submercados informales de compraventa de lotes. Las cifras son elocuentes: de las cerca de 19,000 hectáreas en que creció Lima (descontando vías y equipamiento), un 43% fue apropiado por invasión, apenas 9% por venta formal y un 48% por economía informal —es decir, casi la mitad del crecimiento urbano de la ciudad se dio mediante venta ilegal de lotes—. Entre 2001 y 2018, la expansión de Lima se dio en un 91% por mecanismos ilegales, con las transacciones mercantiles ya pesando más que las no mercantiles. Hoy, el 93% del nuevo suelo urbano del país es informal.
Este cambio tiene una implicancia directa sobre el sujeto popular organizado: ya no se trata solo del «poblador invasor» que se organiza colectivamente para defender y consolidar un terreno tomado, sino, cada vez más, del comprador informal de un lote, cuyo vínculo con el barrio está mediado por una relación mercantil y, con frecuencia, clientelar con quien controla el negocio de la venta: el llamado «traficante de tierras» o «urbanizador pirata». La literatura reciente sobre el distrito de Ate distingue entre un «traficante político», capaz de generar intercambio de recursos con la municipalidad para lograr servicios para «su» barrio, y un «traficante económico», que no genera esas condiciones —lo cual explica por qué barrios con perfiles socioeconómicos y geográficos similares terminan con niveles de urbanización informal radicalmente distintos.
Esta es, probablemente, la variable que mejor explica el «tráfico de terrenos» que el propio diagnóstico posterior identifica como uno de los problemas actuales que enfrentan las familias populares: no es un fenómeno marginal o delictivo aislado, sino un negocio estructurado —muchas veces con vínculos municipales— que ha capturado parte de la función que antes cumplía la dirigencia vecinal autogestionaria, y que hoy compite con ella, la sustituye o la coopta.
Sustento: Julio Calderón Cockburn, La ciudad ilegal: Lima en el siglo XX (2005/2016), Mercado de tierras urbanas, propiedad y pobreza (Lincoln Institute, 2006) y «Titulación de la propiedad y mercado de tierras» (EURE, 2011); Espinoza y Fort (2020), citados como fuente cuantitativa de referencia sobre mecanismos de expansión urbana de Lima; «De invasores a compradores. Mercantilización del suelo en la Lima…» (EURE/Redalyc); «La venta de suelo comunero en Lima, 1990-2022» (Estudios Demográficos y Urbanos/Redalyc); Debates en Sociología N° 61 (PUCP, 2025), sobre la tipología de «traficante político» vs. «traficante económico» en Ate; Global Journal of Human-Social Science, «Tráfico de Tierras en Áreas Periurbanas de Lima, Perú»; El Comercio, «Planificadas y sistemáticas: se agudizan invasiones al sur de Lima» (con declaraciones de Álvaro Espinoza, GRADE, sobre el carácter organizado y lucrativo del negocio).
6. De la movilización colectiva a la fragmentación
Este cambio institucional —desacople entre titulación y lucha colectiva— coincidió con un proceso mucho más amplio: la crisis económica, el desempleo, la precarización laboral, la informalidad, la reducción de espacios de participación política, la crisis de organizaciones sociales y políticas y el debilitamiento de las grandes estructuras de representación popular afectaron profundamente al movimiento vecinal. Y, como se vio en la sección 3, todo esto ocurrió sobre un tejido organizativo ya debilitado por una década de violencia política.
Las organizaciones no desaparecieron, pero perdieron capacidad de articulación y de convocatoria masiva. Muchas juntas vecinales comenzaron a concentrarse exclusivamente en los problemas inmediatos de su territorio: conseguir una obra, gestionar un servicio, resolver un conflicto, obtener un programa social o negociar con una autoridad. Se produjo así una progresiva transición: de la reivindicación general a la gestión particular; de la acción colectiva a la gestión individual o barrial; de la organización permanente a la organización coyuntural; de la visión de ciudad a la preocupación por el territorio inmediato.
No se trata de afirmar que todos los dirigentes vecinales hayan perdido compromiso o capacidad. Por el contrario, en miles de barrios han continuado existiendo dirigentes honestos y organizaciones activas. El problema es que esas organizaciones dejaron de contar con un espacio común capaz de articular sus demandas y convertirlas en una agenda política de ciudad y de país.
7. El impacto del neoliberalismo sobre el tejido organizativo
La transformación económica y social de los años 90 también modificó la propia composición de los sectores populares. El trabajador organizado de décadas anteriores fue progresivamente sustituido, en buena medida, por un trabajador informal, independiente, eventual o precarizado —proceso que, como se detalló en la sección 4, tiene cifras concretas: la informalidad laboral limeña pasó de 45.7% a 57% en apenas dos años tras el shock de 1990—. La vida cotidiana comenzó a estar marcada por la búsqueda individual de ingresos, la sobrevivencia familiar y la competencia por oportunidades.
Esta situación tuvo consecuencias directas sobre la organización social: el tiempo disponible para participar disminuyó, la confianza en las instituciones y organizaciones políticas se deterioró, y la participación comenzó a depender cada vez más de resultados concretos e inmediatos. En este contexto se desarrolló un nuevo tipo de relación entre dirigentes, población y autoridades, en la que la gestión, el acceso a recursos y la solución de necesidades inmediatas adquirieron mayor peso que la construcción de proyectos colectivos de transformación. Es en este escenario —reforzado, como se vio, por la lógica del «dirigente-traficante» en el caso específico del suelo— donde aparece una nueva generación de dirigentes vecinales.
8. El problema de la renovación dirigencial
Los nuevos dirigentes no necesariamente carecen de voluntad o compromiso; muchos han asumido responsabilidades en condiciones mucho más difíciles que las de generaciones anteriores. Sin embargo, existe una diferencia importante: el movimiento vecinal de las décadas anteriores había tenido la posibilidad de acumular experiencias de organización, movilización, negociación y formación política durante largos procesos colectivos. Las nuevas generaciones encontraron, en cambio, un movimiento fragmentado, debilitado por la violencia política y por el ajuste estructural, y sin una estructura articuladora de alcance metropolitano o nacional.
Por ello, uno de los problemas centrales no es simplemente la falta de dirigentes, sino la falta de un proceso sistemático de formación y renovación dirigencial. Sin formación política, conocimiento de la ciudad, capacidad de análisis, manejo de políticas públicas y comprensión de los procesos económicos y sociales, las organizaciones corren el riesgo de limitarse a administrar las necesidades existentes sin construir una perspectiva de transformación.
9. De la fragmentación a la pérdida de horizonte
Durante las últimas décadas, esta situación se ha profundizado. El movimiento vecinal continúa existiendo, pero se encuentra disperso en miles de organizaciones territoriales, muchas de ellas sin conexión entre sí: juntas vecinales, organizaciones de vivienda, asociaciones de pobladores, comités de parques, organizaciones de mujeres, ollas comunes, organizaciones juveniles, colectivos ambientales y diversas formas de organización territorial.
El problema es que la existencia de muchas organizaciones no significa necesariamente la existencia de un movimiento social articulado. La fragmentación territorial se combina con la fragmentación de intereses: cada organización puede tener una agenda legítima, pero si no existe una plataforma común, las reivindicaciones permanecen aisladas. A ello se agrega el riesgo del utilitarismo político: organizaciones convocadas principalmente durante procesos electorales, dirigentes utilizados como intermediarios para conseguir beneficios puntuales, y pobladores considerados más como electores que como ciudadanos organizados. El resultado es una pérdida progresiva de autonomía, capacidad de propuesta y horizonte estratégico.
10. Pero el movimiento vecinal no ha muerto
Esta conclusión es fundamental. El movimiento vecinal no ha desaparecido; lo que se ha debilitado considerablemente es su capacidad de articulación política general. Las necesidades que le dieron origen siguen presentes, aunque han cambiado de forma. Hoy las familias populares enfrentan nuevos y antiguos problemas: déficit de vivienda, alquileres elevados, hacinamiento, informalidad urbana, falta de agua y saneamiento, ocupación de zonas de riesgo, falta de títulos y seguridad jurídica, tráfico de terrenos, precariedad de las viviendas, falta de equipamiento urbano, inseguridad ciudadana, déficit de áreas verdes, contaminación, transporte deficiente, falta de empleo, deterioro ambiental, cambio climático y riesgos frente a desastres, y desigualdad en el acceso a la ciudad.
Es notable —y este diagnóstico lo confirma con datos— que el tráfico de terrenos no sea hoy un problema anecdótico sino, como se detalló en la sección 5, un negocio estructurado que explica buena parte de la desigualdad actual entre barrios en el acceso a servicios. En otras palabras: las razones objetivas para organizarse siguen existiendo, y algunas —como el propio tráfico de tierras— son directamente el resultado de las transformaciones institucionales descritas en este documento. Lo que hace falta es reconstruir la capacidad de convertir esas necesidades dispersas en una agenda colectiva de derechos urbanos y sociales.
11. ¿Qué hacer para reconstruir el movimiento vecinal?
El desafío actual no consiste en intentar regresar mecánicamente al movimiento vecinal de los años 80: las condiciones sociales, económicas, tecnológicas y políticas han cambiado. La tarea es construir un nuevo movimiento vecinal para el siglo XXI, recuperando lo mejor de la experiencia histórica y articulándolo con las nuevas necesidades de la población.
1. Pasar de la organización por obra a la organización por derechos. La organización no debe aparecer solamente cuando existe una obra que gestionar; debe organizarse alrededor de derechos: a la vivienda, al agua, a la ciudad, a la seguridad, a un ambiente saludable, al transporte, al espacio público y a participar en las decisiones sobre la ciudad.
2. Construir una agenda común. Los problemas de cada barrio deben convertirse en problemas de todos: agua + saneamiento + vivienda + seguridad + transporte + espacios públicos + titulación + protección ambiental = Agenda Vecinal de Lima. Una agenda común puede volver a conectar organizaciones que hoy trabajan de manera aislada.
3. Crear espacios permanentes de articulación territorial. Desde el barrio hacia niveles mayores (barrio → comuna → distrito → Lima Metropolitana → nivel nacional), no necesariamente mediante una estructura rígida sino mediante redes, coordinadoras y plataformas permanentes.
4. Formar una nueva generación de dirigentes. Con contenidos en derechos urbanos, políticas públicas, presupuesto público, gestión municipal, vivienda, saneamiento, gestión del riesgo, cambio climático, legislación urbana, participación ciudadana, comunicación, herramientas digitales, liderazgo, negociación y análisis político. El dirigente del siglo XXI necesita pasar de ser solamente gestor de demandas a convertirse también en constructor de propuestas y actor político.
5. Recuperar la autonomía. Las organizaciones vecinales deben relacionarse con partidos, municipalidades, gobiernos y empresas, pero sin convertirse en instrumentos de ninguno de ellos —lo cual exige, en particular, blindar a la dirigencia vecinal de la lógica del «traficante político» descrita en la sección 5, que captura la organización a cambio de servicios puntuales.
6. Incorporar a las nuevas generaciones. : jóvenes, mujeres, profesionales, trabajadores independientes, emprendedores, estudiantes y nuevos liderazgos territoriales, usando las redes sociales y nuevas tecnologías como herramientas de organización y no solo de difusión.
7. Recuperar la dimensión política. El movimiento vecinal no debe limitarse a pedir obras; debe discutir qué ciudad y qué modelo de desarrollo se quiere para Lima y para el país, participando en los debates sobre presupuesto público, vivienda, suelo urbano, transporte, seguridad, servicios públicos, planificación territorial, medio ambiente, empleo, educación, salud y desarrollo económico. De esta manera, el movimiento vecinal puede recuperar su condición de sujeto político y social, y no solamente de beneficiario de políticas públicas.
12. Una nueva etapa: del movimiento reivindicativo al movimiento ciudadano por el derecho a la ciudad

El gran desafío es pasar de un movimiento que históricamente luchó por tener un lugar en la ciudad, a un movimiento que hoy luche por tener derecho a decidir sobre la ciudad. En los años 70 y 80 la lucha podía expresarse en: «Queremos un terreno, una vivienda, agua, luz, desagüe y título». Hoy debe incorporar una nueva dimensión: «Queremos una ciudad segura, integrada, sostenible, accesible y con vivienda digna; y queremos participar en las decisiones que determinan su futuro». Esta transformación permitiría conectar las luchas antiguas con las nuevas: la lucha por la vivienda continúa, pero ahora debe vincularse con el suelo urbano, el transporte, el ambiente, la seguridad, los servicios, el espacio público y la planificación de la ciudad.
El reto político
El movimiento vecinal puede volver a ser protagonista de la política y de la escena nacional si logra superar tres grandes obstáculos —fragmentación, inmediatismo y dependencia política (agravados históricamente, como se ha visto, por la violencia política de los 80-90, el ajuste estructural y la mercantilización del suelo)— y reemplazarlos por articulación, propuesta y autonomía. No se trata simplemente de recuperar la capacidad de movilización de los años 80, sino de construir una organización vecinal capaz de interpretar los nuevos problemas de la población, elaborar propuestas, formar dirigentes, articular territorios y disputar democráticamente las decisiones sobre la ciudad y el país.
El movimiento vecinal del futuro no debería ser solamente una organización que reclama ante el Estado; debe convertirse en un actor social capaz de proponer, fiscalizar, participar y ejercer ciudadanía.
Idea fuerza
El movimiento vecinal no necesita volver al pasado; necesita recuperar su capacidad histórica de organización y lucha para enfrentar los problemas del presente y construir una nueva propuesta de ciudad y de país.
De pobladores beneficiarios a ciudadanos organizados. De gestores de necesidades a constructores de propuestas. De organizaciones aisladas a un movimiento vecinal articulado. De la demanda local a una agenda de ciudad. De la fragmentación a la construcción de poder ciudadano.
Fuentes citadas
Conflicto armado interno
- Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), Informe Final, Tomo V, «2.16 La batalla por las barriadas de Lima: el caso de Villa El Salvador». https://www.cverdad.org.pe/ifinal/pdf/TOMO%20V/SECCION%20TERCERA-Los%20Escenarios%20de%20la%20violencia%20(continuacion)/2.%20HISTORIAS%20REPRESENTATIVAS%20DE%20LA%20VIOLENCIA/2.16%20LA%20BATALLA%20POR%20LAS%20BARRIADAS%20DE%20LIMA.pdf
- CVR, Informe Final, Tomo VIII, «Capítulo 1: Explicando el conflicto armado interno». https://www.cverdad.org.pe/ifinal/pdf/TOMO%20VIII/SEGUNDA%20PARTE/1.Explicando%20el%20conflicto%20armado%20interno/1.EXPLICANDO%20CONFLICTO%20ARMADO%20INTERNO.pdf
- IDEHPUCP, «Las organizaciones sociales durante el proceso de violencia». https://idehpucp.pucp.edu.pe/images/docs/las%20organizaciones%20sociales%20fimal.pdf
- Anthropologica (PUCP), «Recibir la reparación: aproximación a dos organizaciones de desplazados» (2018). https://doi.org/10.18800/anthropologica.201802.004
- Revista Memorias (Ministerio de Cultura), «Organización popular en medio de la crisis». https://revistas.cultura.gob.pe/index.php/memorias/article/download/548/641
- Degregori, C.I. (1990). Tiempos de ira y amor: nuevos actores para viejos problemas. Lima: DESCO.
- Degregori, C.I., Blondet, C. y Lynch, N. (1986). Conquistadores de un nuevo mundo: de invasores a ciudadanos en San Martín de Porres. Lima: IEP.
Ajuste estructural y despidos masivos
- IEP, «El shock económico» (con testimonio de Héctor Béjar). https://lineadetiempo.iep.org.pe/public/49/el-shock-economico
- Dejo Soto, F. El shock agosto ’90: cuando los ajustes económicos causan más desajustes sociales.
- Pajuelo, R. «Perú: crisis política permanente y nuevas protestas sociales», OSAL/CLACSO. https://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/osal/20110307061339/5Pajuelo.pdf
- GRADE, Reformas estructurales y bienestar: una mirada al Perú de los noventa. https://www.grade.org.pe/upload/publicaciones/archivo/download/pubs/LIBROGRADE_REFORMASESTRUCTURALESBIENESTAR.pdf
- Lincoln Institute of Land Policy, estudios sobre COFOPRI y registro predial en base a ENAHO 1998-1999. https://www.lincolninst.edu/es/publications/articles/el-misterio-del-credito/
- Lozada, M. «Incentivando la informalidad», El Comercio.
Mercado de suelos y tráfico de tierras
- Calderón Cockburn, J. (2005/2016). La ciudad ilegal: Lima en el siglo XX.
- Calderón Cockburn, J. (2006). Mercado de tierras urbanas, propiedad y pobreza. Lincoln Institute of Land Policy.
- Calderón Cockburn, J. (2011). «Titulación de la propiedad y mercado de tierras». EURE, 37(111).
- Calderón Cockburn, J. (2003). «Los barrios marginales de Lima, 1961-2001». Ciudad y Territorio: Estudios Territoriales, 35(136-137). https://recyt.fecyt.es/index.php/CyTET/article/view/75397
- Espinoza, Á. y Fort, R. (2020), citados en la literatura reciente sobre expansión urbana de Lima.
- «De invasores a compradores. Mercantilización del suelo en la Lima…». https://www.redalyc.org/journal/357/35777173005/html/
- «La venta de suelo comunero en Lima, 1990-2022». https://www.redalyc.org/journal/312/31276072007/
- Debates en Sociología N° 61 (PUCP, 2025), tipología de «traficante político» vs. «traficante económico». http://www.scielo.org.pe/pdf/debsoc/n61/2304-4284-debsoc-61-14.pdf
- Global Journal of Human-Social Science, «Tráfico de Tierras en Áreas Periurbanas de Lima, Perú». https://globaljournals.org/GJHSS_Volume21/8-Trafico-de-Tierras-en-Areas.pdf
- El Comercio, «Planificadas y sistemáticas: se agudizan invasiones al sur de Lima».
Antecedentes históricos (unidades vecinales, urbanismo)
- Historia del urbanismo en Lima / unidades vecinales, Dialnet-UNIRIOJA.
- Kahatt, S. (2019), citada en estudios sobre las unidades vecinales de Lima 1945-1975.
Nota metodológica: se ha evitado la cita textual extensa de las fuentes; los datos y argumentos se presentan parafraseados y remitidos a la fuente original para su verificación y profundización directa.






































